Naturalmente, Machado.

Alberto Valdés.

“No necesitamos, ciertamente, recordar entonces los servicios que la naturaleza presta a nuestro cuerpo, como tampoco los que ofrece al espíritu, que halla en su comercio paz y consuelo a la opresión del ánimo”.

Fernando Giner de los Ríos.

Desde Homero, la literatura siempre ha estado ligada con la naturaleza. La complementa, la exacerba. Le otorga la posibilidad de crear sutiles metáforas amparadas en la belleza de un paisaje salvaje, o en el minúsculo detalle de una flor de decoración. El hombre nace de ella, crece con ella y acaba por negarla, emancipándose de su propia condición natural. Sin embargo, para poetas como Antonio Machado, la naturaleza es un espejo ante el cual nuestra alma se desnuda para recorrer, con la yema de los dedos, las heridas provocadas por una vida llena de amores y decepciones.

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Antonio Machado, natural de Sevilla y extranjero en Colliure, Francia, donde murió exiliado en 1939, es uno de los poetas españoles que más se sirvió de su entorno natural para reflejar la profundidad de los males a los que hacía frente dentro de sí mismo. Siempre en consonancia con las experiencias vividas, supo conjugar su realidad con la particular visión que tenía del paisaje y sus elementos más característicos, adaptando, como si de una cámara fotográfica que se tratara, su modo de interpretar lo que le rodeaba, para mostrar con imágenes sus propios sentimientos.

El papel que jugó la Institución Libre de Enseñanza en la formación de Machado, lo marcará de por vida, inculcándole, entre otros valores, el racionalismo, la valoración del trabajo o el amor por la naturaleza. También será determinante su traslado a Soria, donde el paisaje castellano provocará en el poeta una ebullición de sentimientos que tendrán como primer resultado, el poema Orillas del Duero. En este, a través de la descripción del paisaje que el autor se encuentra ante sus ojos, nos invita a viajar por el pasado de la tierra que ahora contempla, para cuestionar el futuro que le espera.

“ […]El Duero cruza el corazón de roble 
de Iberia y de Castilla.
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! […]”

Quizás sea Campos de Castilla su obra más gráfica en cuanto a la relación sentimientos-naturaleza. Publicada en 1912, Machado sufrió en este mismo año una pérdida que lo marcará de por vida, la muerte de su mujer, Leonor. Este infortunio, y el resto que le acompañaron el vida, acabaron por dibujar una personalidad solitaria, a un hombre pensativo al que Rafael Alberti supo retratar en su libro Imagen primera de…, usando la misma naturaleza que Machado había aprendido a amar.

“Tristeza del árbol alto y escueto, con voz de aire pasado por la sombra. Y con la naturalidad, con la llaneza propia de lo verdadero, de lo que no ha brotado en la tierra para el engaño, hizo sonar sus hojas melancólicas en sus poemas.”

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