El negocio de traficar con animales

Andrés Stumpf

El tráfico ilegal de especies está alcanzando dimensiones de auténtica crisis. Se trata de la segunda mayor amenaza mundial para la vida salvaje, únicamente detrás de la destrucción de hábitats. Por otro lado, desde el punto de vista comercial,  se posiciona tan sólo después del tráfico de armas y del de drogas en lo que a beneficios en el mercado negro se refiere, según los últimos datos de WWF.

La causa de su desarrollo es el escaso riesgo que presenta, en comparación con el de otras actividades ilegales. Tan sólo hay que observar el caso de Sudáfrica, donde las multas a cazadores furtivos pueden saldarse con 14.000 dólares, mientras que el tráfico de cinco gramos de cocaína puede suponer una pena de hasta cinco años de cárcel.

El tráfico de especies amenazadas es un negocio realizado de forma incontrolada en el mundo, pero especialmente en África central y el sudeste asiático. Basa su demanda en las falsas creencias de los valores medicinales que tienen algunas partes de animales, como que el cuerno de rinoceronte es capaz de curar el cáncer;  en el deseo de tener como mascotas a animales exóticos, se encuentran más tigres en jardines norteamericanos que en estado salvaje; o en su uso para la fabricación de bienes de consumo, que es el caso de las pieles o el marfil de los elefantes.

La ilegalización de esta mala práctica por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) la llevó al mercado negro, con un consecuente aumento exponencial de sus precios debido al riesgo y a la exclusividad que presenta ahora la tenencia de, por ejemplo, un cuerno de rinoceronte, valorado ya en más de 45.000 euros. Hasta tal punto ha llegado la persecución de los rinocerontes por su cuerno que algunas organizaciones se han planteado la posibilidad de extirpárselo de forma quirúrgica, para que dejen de tener valor en el mercado negro.

Pero este acuerdo tuvo también sus consecuencias positivas. Una de ellas fue el permitir la intervención de diversas ONG en los países con mayor tendencia a realizar este tipo de actividades, países subdesarrollados, casi siempre controlados por instituciones corruptas, en los que la población encuentra en esta práctica la única vía para salir de la pobreza.

Uno de los últimos logros alcanzados, encabezado por WWF, fue la campaña de presión a Tailandia por la que su primera ministra, Yingluck Shinawatra, ha aceptado preparar una ley que pondrá fin al negocio de marfil en el país. En Tailandia era posible, hasta la fecha, el comercio con marfil extraído de elefantes fallecidos por causas naturales, lo que suponía un resquicio legal para la caza furtiva, y que convertía al país asiático en el segundo mayor mercado de marfil del mundo.

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