Se desperdician 1.300 millones de toneladas de alimento al año

Andrés Stumpf

Las cifras de la gestión mundial de alimentos van haciéndose cada día más transparentes a través de los informes que presenta la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Las últimas cifras indican que se desperdician al año 1.300 millones de toneladas de alimento que no son empleadas para alimentar a ningún hambriento, y que además suponen a las distintas empresas y economías unos costes directos de 750.000 millones de dólares anuales.

Con tantísima gente sufriendo hambre crónica en el mundo, este despilfarro bien podría parecer una broma, pero no lo es. El informe de la FAO “La huella del desperdicio de alimentos: impactos en los recursos naturales“, que aún no se encuentra traducido al castellano, alerta de que, a pesar de que se producen alimentos para dar de comer al doble de la producción mundial, los numerosos fallos en la cadena de producción, distribución y consumo son las causas de la pobreza alimentaria de muchos, y de un gran impacto sobre el medio ambiente.

El 56% del desperdicio de alimentos ocurre durante las primeras fases de producción y almacenamiento, mientras que el porcentaje restante se pierde en las etapas de procesamiento, distribución y consumo.

En el caso de los países en desarrollo, la principal causa de falta de acceso a alimentos es la inadecuada infraestructura, que provoca pérdidas fatales tanto para la población, que sufre hambre, como para los pequeños empresarios, que ven como su producción se desperdicia sin dejar beneficio económico alguno al trabajo realizado. Una mejora de las carreteras, puentes y empresas de distribución conseguiría, según la FAO, mejorar tanto la economía como la seguridad alimentaria.

En los países desarrollados la causa es totalmente diferente. El desperdicio se produce sobre todo en el consumo final, familias que reaccionan de forma desmedida a las fechas de caducidad o que no planifican bien sus compras. Además, las ventas de alimentos de los comerciantes de los países ricos dependen demasiado, según el mismo informe, de normas de estética, por lo que desechan productos perfectamente válidos para el consumo.

Este desperdicio que no beneficia a nadie no sólo ataca a las economías a través de los costes directos ya mencionados sino que además contribuye notablemente al cambio climático, lo cual tendrá consecuencias económicas terribles en un medio/largo plazo. Uno de los ejemplos que mejor expresa este impacto, es que  los alimentos desperdiciados y no reciclados liberan a la atmósfera nada menos que 3.300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero.

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