Fumar mata personas, medio ambiente y economías

Andrés Stumpf

Cuando se habla del peligro del tabaco parece evidente que, al menos en los países desarrollados, la población es consciente de los perjuicios a la salud que se derivan de su consumo. A pesar de ello, según la OMS, seis millones de personas mueren al año como consecuencia del consumo de esta droga legal distribuida por una industria que obtiene unos beneficios anuales cercanos a los 35.000 millones de dólares (superando a empresas como Coca Cola o Microsoft). Pero la producción y el consumo del tabaco presentan, además, una terrible externalidad negativa que es desconocida para la mayor parte de los ciudadanos: un grandísimo impacto sobre el medio ambiente.

Ya desde la primera etapa de su producción, en cultivos masivos, el tabaco resulta extremadamente perjudicial para su entorno, pues se trata de un importante motor de la deforestación mundial. Concretamente, el tabaco es responsable de la tala de más de 200.000 hectáreas de bosque cada año, lo que supone alrededor del 3% de la tasa de deforestación mundial (aunque en algunos países, como Uruguay, supone más del 40%), según los datos manejados por el investigador Helmunt J. Geist.

De esta forma, una parte significativa del efecto en cadena que la deforestación provoca sobre el medio ambiente encuentra su culpable en el cultivo de la planta, la madera quemada como combustible para el secado del producto y la elaboración de los más de 6.3 trillones de cigarrillos de papel que se producen anualmente.

En la fase de consumo, el mayor impacto del tabaco sobre el medio ambiente se produce en forma de contribución al cambio climático. Según la indica la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), los fumadores producen al año 225.000 toneladas de CO2, lo que, sumado a la menor captación de este gas por los árboles consecuencia de la deforestación, supone una contribución significativa al calentamiento global y a las terribles consecuencias que éste provoca sobre el planeta y las economías.

Por último, cuando el cigarrillo ha terminado su vida útil, la colilla restante se convierte en un residuo  que genera un impacto ambiental a la altura de los mencionados antes. Según el Ministerio de Salud de Argentina, las colillas son la mayor causa de basura del mundo, pues se estima que alrededor de 4,5 trillones de colillas son arrojadas anualmente al suelo. Este tipo de basura está compuesta, además, por un material no biodegradable, acetato de celulosa, que puede tardar hasta 10 años en desaparecer. Habría que mencionar, también, que los cigarrillos están compuestos de sustancias tóxicas y que, arrojadas a la naturaleza, la nicotina y el alquitrán de un único cigarro podrían llegar a contaminar hasta 50 litros de agua.

Controversia en el impacto económico

Uno de los argumentos esgrimidos tanto por tabacaleras como por los fumadores más reacios a las limitaciones progresivamente impuestas al consumo de tabaco pasa por el beneficio económico que esta actividad genera al Estado a través de los impuestos que sobre ella recaen.  Si bien es verdad que los diferentes estados obtienen importantes ingresos, no es menos cierto que aquellos que recurren a este argumento olvidan oportunamente los billonarios costes indirectos que se generan.

Los costes económicos para los gobiernos incluyen gastos en seguridad social y salud, pérdidas en la balanza comercial al importar cigarrillos, ausentismo laboral y disminución de la productividad,  mayor número de accidentes y mayores costes de las pólizas de seguro.

 Como ya publicaba el Wall Street Journal en 2001, el 6% del gasto en salud mundial se debe al tabaquismo, lo que en Estados Unidos supondría la mareante cifra de 76 billones de dólares al año. A este monstruoso dato  habría que añadirle, los 46 billones de dólares anuales en valor de pérdidas de días laborales y, además, 27 billones por los daños materiales que ocasionan los incendios provocados por colillas (todos los datos referidos únicamente a Estados Unidos).

Parece claro que el negocio del tabaco beneficia únicamente a los intereses privados de las compañías que lo gestionan y es que, como dijo Warrent Buffet, inversor, en 1990, “les diré por qué me encanta el negocio de los cigarrillos: Cuesta unos peniques hacerlos, se venden por un dólar, son adictivos y existe una fantástica lealtad a la marca”.

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