El oligopolio de la producción de semillas amenaza la soberanía alimentaria mundial

Patricia Ruiz

Desde el origen de la agricultura la semilla ha sido sinónimo de biodiversidad. Cada comunidad desarrolló durante años sus propias variedades autóctonas y técnicas de cultivo, garantizando así la supervivencia alimentaria. Tradicionalmente, cada temporada se guardaba una parte de la cosecha, aquella que había sido más resistente, y se almacenaban las semillas para la temporada siguiente. Esto se hacía con cada variedad de cultivo, siendo conscientes de los cambios en el clima y de que las necesidades alimentarias son diversas. Fue así como se fue consolidando una enorme variedad de especies que, a la larga, garantizaba la riqueza alimentaria y dejaba a las generaciones futuras un gran legado de biodiversidad.

Actualmente ese legado, del que depende la seguridad, independencia y diversidad alimentaria, está altamente amenazado por apenas cinco empresas multinacionales que controlan la gran mayoría de la producción de semillas del mundo.
La llegada de la Revolución Industrial modificó las técnicas de cultivo tradicionales, y tras las dos guerras mundiales la industria química vio en la agricultura un nuevo mercado para la introducción de pesticidas y herbicidas. El uso indiscriminado de los mismos ha provocado una drástica modificación del suelo fértil, el cual se ha vuelto cada vez más dependiente. Pero la consecuencia dramática vino con la llegada de las semillas híbridas, cruce de dos variedades puras cuya primera generación es genéticamente rica, pero cuyo rendimiento decae drásticamente a partir de la segunda temporada. Su uso, por lo tanto, es limitado, y no se pueden almacenar.

Agricultor de garbanzos en la india. Fotografía de Jorge Royan / Algunos derechos reservados.

Agricultor de garbanzos en la India. Fotografía de Jorge Royan / Algunos derechos reservados.

Agricultores de todo el mundo compraron esta nueva promesa de la biotecnología cuyo alto rendimiento parecía ahorrar costes, tiempo y dinero. Pero su introducción en los cultivos mundiales no ha supuesto sino la ruptura de las técnicas de conservación y almacenado de las semillas, al tiempo que ha destruido la diversidad de especies autóctonas. Los agricultores son cada vez más dependientes de las grandes multinacionales, pues son éstas las que proporcionan nuevas semillas cada temporada al no poder los primeros guardar las suyas propias. Nos encontramos en un sistema en el que las multinacionales han conseguido privatizar y controlar la gran mayoría de las semillas mundiales, teniendo poder y capacidad de decisión sobre el modelo alimentario mundial, y manejando el mismo en base a intereses meramente económicos.

A todo ello ha de sumarse la introducción de los transgénicos y la capacidad de los laboratorios para patentar los mismos, lo que se ha traducido en la habilidad para modificar genéticamente ciertas semillas y poder considerarlas de titularidad privada. La empresa mundial líder en transgénicos, Monsanto, describe su labor en su página web como “más productiva y ecológicamente sostenible”, e informan sobre una gran variedad de proyectos de cooperación en países en vías de desarrollo. Tales proyectos tienen como objetivo, según ellos, ayudar a mejorar la productividad e ineficiencia de las técnicas de cultivo tradicionales mediante la introducción de cultivos transgénicos a gran escala.

El discurso solidario de Monsanto y el resto de multinacionales semilleras confirma su hipocresía en ejemplos como el de la India, en donde la introducción de algodón BT transgénico, cuatro veces más caro que el tradicional, ha arruinado aldeas enteras de campesinos. La alteración genética del algodón BT lo protege contra su propio herbicida, pero las plagas han acabado por hacerse cada vez más resistentes al mismo. En numerosas ocasiones las cosechas quedan destruidas y los campesinos dependen de la compra de productos químicos de la compañía, aumentando la demanda de nuevas semillas, abonos y pesticidas. Lo que para Monsanto significa un aumento brutal en la venta de sus productos, en la India se traduce como la ruina de miles de familias rurales. Las semillas autóctonas van desapareciendo y las pocas que quedan ya no pueden cultivarse en esas tierras porque el terreno es ya químico-dependiente. La tragedia es tal que hasta el número de suicidios en la zona se ha disparado: en los primeros años de cosechas fallidas de algodón BT, entre 2005 y mediados de 2006, se registraron unos 880 suicidios. Esta cifra asciende ya a 250.000 suicidios en toda la India, según afirma la Fundación Gaia.

Vandana Shiva, ecologista, activista anti-globalización y miembro del International Forum on Globalization, desarrolló en 2012 la campaña mundial “Semillas de la Libertad” para concienciar sobre el problema e impulsar una lucha para parar las patentes de las semillas. Bajo el lema “no hay soberanía alimentaria sin soberanía de las semillas” se planificaron acciones comunes para luchar contra la compañía Monsanto y se trató de difundir un mensaje positivo hacia la agricultura independiente.

La campaña demostró que los cultivos tradicionales, aquellos cuya imagen pretenden distorsionar las multinacionales bajo un discurso que defiende su ineficacia y atraso tecnológico, son precisamente los más respetuosos con el medio ambiente, pues emplean menos tierra, agua y recursos, protegen los suelos y son más resistentes al cambio climático. Pero quizás lo más importante de la necesidad de conservación de esas técnicas de cultivo a pequeña escala reside en que permiten proporcionar independencia de químicos y diversidad de cultivos, mediante los cuales se garantiza la verdadera seguridad alimentaria. La descentralización del sistema alimentario sólo se conseguirá si los consumidores apoyamos dichas técnicas y optamos por un consumo responsable de alimentos, comprando a pequeños productores locales e independientes.

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