Open Source Ecology, o cómo construir maquinaria sostenible

Patricia Ruiz 

A menudo, conceptos como productividad y eficiencia parecen no casar con la ecología. La comprensión de los mismos desde una visión méramente económica fuerza ese choque, cuando en realidad, la Economía del Bien Común prueba lo erroneo de este punto de vista al demostrar que la eficiencia no está ligada al crecimiento contínuo. En los últimos años se han desarrollado numerosas iniciativas que, priorizando la sostenibilidad de los ecosistemas y una relación respetuosa de los seres humanos con la naturaleza, han logrado entender la producción de un modo ecológico sin dejar de ser eficientes. Todos ellos dejan de lado conceptos como la explotación, el beneficio o el consumo, para priorizar otros valores como la interacción hombre-naturaleza, la efectividad o el respeto medioambiental.

De entre todas esas iniciativas, en Eco² hoy queremos hablar de un proyecto en particular que, creemos, merece la pena dar a conocer: el Open Source Ecology. Se trata de una propuesta cuya misión es crear una economía ecológica y Open Source (en español, de Código Abierto), es decir, gratuita, construida gracias a la colaboración colectiva y abierta a todo aquél que quiera aportar algo a la misma. Para ello, el proyecto reune a granjeros, ingenieros y voluntarios de todo tipo en el diseño y construcción de una serie de máquinas y herramientas que permitan desarrollar una vida moderna y eficiente en aldeas ecológicas y a pequeña escala. Máquinas que permiten ser construidas bajo la idea “DIY” (Do it yourself, o Házlo tú mismo), con materiales locales y reciclables, robustas, resistentes, duraderas y por un coste hasta ocho veces menor que el de las máquinas indusrtiales.

Foto de Sean Church. Algunos derechos reservados.

Foto de Sean Church. Algunos derechos reservados.

El proyecto pretende dar cabida a cincuenta prototipos, de los cuales ocho ya son reales y pueden encontrarse en el Kit de Iniciación de Civilizaciones, un manual que recoge los diseños, presupuestos e instrucciones para la construcción de tractores, paneles solares, molinos de viento, hornos, prensas de ladrillos de tierra, entre otras, todo ello de forma gratuíta y con acceso universal.

Como su propio creador Marcin Jakubowski cuenta, el mayor logro del Open Source Ecology es entregar poder e independencia a los individuos, que gracias al proyecto pueden construir la maquinaria necesaria para desarrollar comunidades respetuosas y sostenibles. Se rompe así un eslabón más de la cadena de dependencia entre ciudadanos e industria, y se abre un enorme abanico de posibilidades, especialmente para los pequeños productores en países en vías de desarrollo.

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La Deuda Ecológica: ¿Quién debe a quién?

Patricia Ruiz

Vivimos en un mundo en el que se elogia al que más tiene y se condena al que necesita. Los países occidentales acumulan riqueza a costa de empobrecer a las regiones en vías de desarrollo, cuyas necesidades se amontonan en la llamada “deuda externa”. Ante la incapacidad de los países del Sur para hacer frente a catástrofes naturales, hambrunas o epidemias, su dependencia económica con occidente es casi total. Son los países pobres, los endeudados, los que deben. Lo que pocos cuentan es que, en realidad, la verdadera deuda se ha de cobrar a la inversa.

La justicia ambiental considera que a todos los habitantes del planeta les corresponde la misma cantidad de recursos naturales. En este contexto, quienes utilicen más recursos de los que les corresponden estarán generando una deuda hacia aquellos a los que se les está privando de su derecho a utilizar los suyos. Para sustentar el ritmo de vida del modelo capitalista imperante en nuestra sociedad actual, el 25% de la población mundial utiliza el 80% de los recursos naturales del planeta, dejando a tres cuartas partes del total de personas que habitan en el mundo con apenas el 20% de los recursos restantes. Hablamos de una expropiación indiscriminada que, lejos de haber quedado olvidada en periodos colonialistas, protagoniza la realidad actual.

Contaminación de las aguas en Minimata Bay, Japón. Foto de Stephen Codrington /Algunos derechos reservados

Contaminación de las aguas en Minimata Bay, Japón. Foto de Stephen Codrington. Algunos derechos reservados

Es la llamada “deuda ecológica”, definida como la deuda acumulada por los países del Norte hacia los países del Sur como consecuencia de la expropiación de recursos naturales y de los perjuicios y daños medioambientales que su actividad económica genera. La cuantificación monetaria de este fenómeno es algo complejo. Los cálculos hechos hasta el momento se estiman en base a la cantidad de gases de efecto invernadero que han de reducirse para alcanzar un nivel en el que la concentración de CO2 en la atmósfera no aumente. Según el Panel Internacional del Cambio Climático, para alcanzar esto las emisiones deberían reducirse a la mitad, lo que equivaldría a una reducción anual de aproximadamente 4.000 millones de toneladas de carbono.

Joan Martínez Alier, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los principales impulsores del ecologismo político en España, estima en su artículo Cuantificación de la deuda ecológica que el coste de la reducción por tonelada de carbono ascendería a unos 30 US$, por lo que el coste de no reducir las emisiones a la mitad equivaldría a 120.000 millones de US$. Sin embargo, esta estimación económica deja fuera un amplio abanico de perjuicios que también forman parte de la deuda ecológica. Como la mayoría de los términos derivados de la justicia ambiental, nos encontramos ante un concepto cuyo valor no es meramente monetario. La pérdida de biodiversidad, la contaminación, las enfermedades o los posibles efectos a largo plazo son consecuencias a las que es difícil, y en ocasiones incluso inútil, ponerles precio. No estamos ante una deuda de billetes (aunque en ocasiones sirvan para compensar el daño causado), sino ante una deuda de recursos, de derechos y de justicia social y ambiental.

Los estudios sobre la deuda ecológica dividen la misma en cuatro factores principales:

  • Las emisiones de gases de efecto invernadero ya mencionadas son una de las partes más grandes de la deuda ecológica: la deuda del carbono. Los efectos nocivos causados por las emisiones de CO2 repercuten mayoritariamente en los países del Sur debido a que sus territorios están más expuestos a los posibles desastres naturales que el efecto invernadero potencia, pero también porque su economía depende en mayor media del sector primario, que es el que se ve más afectado por consecuencias como las sequías, inundaciones o la lluvia ácida.

    Agricultor local de Neem, especie amenazada por la biopiratería. Foto de Pankaj Oudhia/Algunos derechos reservados

    Agricultor local de Neem, especie amenazada por la biopiratería. Foto de Pankaj Oudhia. Algunos derechos reservados

  • La biopiratería, que es la apropiación intelectual de técnicas de cultivo ancestrales y originarias de los pueblos indígenas. Haciendo uso de la biotecnología, muchas las multinacionales modifican levemente especies de semillas, plantas medicinales o conocimientos ancestrales relacionados con la agricultura tradicional propia de comunidades locales del Sur, para luego privatizar su propiedad a través de patentes.
  • El tráfico de residuos. La producción industrial produce residuos tóxicos, cuyo trato es un proceso caro y costoso. La mayoría de países occidentales cuenta con leyes de tratamiento de residuos severas que incrementan el coste del proceso, por lo que muchas multinacionales optan por trasladarlos a países con una legislación ambiental menos estricta o inexistente. China, Pakistán o India son países predilectos para el destino de estos residuos tóxicos, cuya presencia pone en peligro la salud pública debido a la inhalación de gases procedentes de sus incineraciones o vertidos en las aguas rurales, por ejemplo.
  • Los pasivos ambientales. Son los definidos como perjuicios ecológicos que las empresas causan en el entorno como consecuencia de su actividad. Por lo general, los pasivos de las multinacionales (conjunto de deudas que reducen el activo, es decir, el capital de la empresa) no incluyen los costes ambientales, por lo que su actividad se abarata si el impacto ambiental se mantiene. La ausencia de legislación ecológica en los países del Sur fomenta que las empresas no internalicen los costes de los daños ambientales que provocan.

Cada vez son más numerosas las reflexiones de economistas y ecologistas que plantean la verdadera cuestión de quién debe a quién. La indiferencia de occidente no solo ignora la desigualdad que este fenómeno genera, sino que oculta su existencia e inclina la balanza a su favor. Un reclamo contundente de la deuda ecológica es parte esencial del motor que inclinaría el cauce de la economía mundial hacia un modelo más sostenible, ecológico y equitativo.

El consumo colaborativo se presenta como una alternativa al hiperconsumo

Sara Ramos.

La idea básica del consumo colaborativo, también llamado economía de la colaboración, es muy sencilla: se trata de compartir, regalar, intercambiar o subalquilar para ahorrar gastos. Más ampliamente podría definirse como el hecho de priorizar el acceso a bienes y servicios sobre la propiedad de los mismos. Iniciativas como esta han existido desde hace mucho tiempo con familiares, vecinos y conocidos, pero con la llegada de internet la colaboración se ha convertido existente a pequeña escala se ha convertido en una a gran escala que se está extendiendo imparablemente; no en vano la revista Time lo incluyó en “Las 10 ideas que cambiarán el mundo” en marzo de 2011.

Ray Algar quién utilizó por primera vez este término en un artículo publicado en Leiruse Report en 2007 y se comenzó a popularizar tras la publicación de What is mine is yours: The rise of collaborative consumption (Lo que es mío  es tuyo, el aumento del consumo colaborativo) y una de las co-autoras, Rachel Botsman dio una interesante charla para TED explicando en qué consistía. En España ha tardado más en instalarse este concepto, pero a partir de 2012 se ha comenzado a dejar oír, sobre todo en lo referido al transporte y al turismo.

Presentación del libro What’s mine is yours. Fotografía de acanyi. Algunos derechos reservados.

Esta iniciativa comenzó como un grito de socorro como el hiperconsumo en el que está sumergida la sociedad, basado en un comprar-tirar-comprar permanente. Se está popularizando la idea de que lo importante es acceder a las cosas, no poseerlas, sobre todo desde el inicio de la crisis económica, en la que la gente se preocupa más por el dinero que gasta y cómo lo gasta. Sin duda está produciéndose un cambio de mentalidad, como dijo a El País Albert Cañigueral, creador de la página web de consumo colaborativo, “Antes compartir era de pobres, ahora es de listos”

Según el libro antes mencionado podría hablarse de tres sistemas de consumo colaborativo: basados en el producto, en la redistribución y en los estilos de vida. Los primeros consisten en beneficiarse de un producto sin tener que adquirirlo; siempre fue común pedirle algo prestado a un amigo o a un vecino pero ahora esto se ha extendido. El ejemplo más claro sería, sin lugar a dudas el de compartir coche (en España contamos con dos plataformas principales, BlablaCar y Amovens), también podrían englobarse aquí la iniciativa de varios ayuntamientos de alquiler de bicicletas públicas por un módico precio al año, como el de Barcelona o Lyon.

El segundo sistema se basa en darle una segunda vida a aquéllos objetos que el usuario ya no utiliza gracias a los mercados de intercambio o de segunda mano, como No lo tiro, Segunda mano o, el más conocido de todos, eBay. Los defensores de este método creen que la R de redistribuir se configurará pronto como “la quinta R”, después de reducir, reutilizar, reciclar y reparar.

Sin duda la idea más innovadora es la de los estilos de vida, aunque quizás también la menos extendida. Aquí el proyecto líder sería el Couchsurfing o lo que es lo mismo, ofrecer a desconocidos un sofá o una cama para pasar unos días, algo extendido sobre todo entre los jóvenes. Pero no es la única, especial atención merecen también los huertos compartidos ecológicos, que ponen en contacto a gente que quiere trabajar la tierra con propietarios de campos de cultivo que se los ceden a cambio de compartir la cosecha; otro ejemplo sería el coworking, en el cual diferentes profesionales y PYMEs comparten una misma oficina y equipamentos para reducir los gastos o el intercambio de idiomas, dónde dos personas de diferentes nacionalidades se ponen en contacto para aprender diferentes lenguas, una iniciativa que muchas universidades ya han adoptado. Todos estos son tan solo algunos ejemplos de lo que el consumo colaborativo consigue, pero en la página antes mencionada de Cañigueral se puede encontrrar la lista completa de proyectos.

Aunque no sea la principal motivación de la gente para unirse al consumo colaborativo, en última instancia también se trata de una iniciativa ecológica, además de económica y social: si en vez de comprar algo me lo ceden, me lo prestan o lo adquiero de segunda mano se fabricará menos; si en vez de ir cinco personas en cinco coches diferentes van en el mismo el consumo de combustibles fósiles será menor.

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El oligopolio de la producción de semillas amenaza la soberanía alimentaria mundial

Patricia Ruiz

Desde el origen de la agricultura la semilla ha sido sinónimo de biodiversidad. Cada comunidad desarrolló durante años sus propias variedades autóctonas y técnicas de cultivo, garantizando así la supervivencia alimentaria. Tradicionalmente, cada temporada se guardaba una parte de la cosecha, aquella que había sido más resistente, y se almacenaban las semillas para la temporada siguiente. Esto se hacía con cada variedad de cultivo, siendo conscientes de los cambios en el clima y de que las necesidades alimentarias son diversas. Fue así como se fue consolidando una enorme variedad de especies que, a la larga, garantizaba la riqueza alimentaria y dejaba a las generaciones futuras un gran legado de biodiversidad.

Actualmente ese legado, del que depende la seguridad, independencia y diversidad alimentaria, está altamente amenazado por apenas cinco empresas multinacionales que controlan la gran mayoría de la producción de semillas del mundo.
La llegada de la Revolución Industrial modificó las técnicas de cultivo tradicionales, y tras las dos guerras mundiales la industria química vio en la agricultura un nuevo mercado para la introducción de pesticidas y herbicidas. El uso indiscriminado de los mismos ha provocado una drástica modificación del suelo fértil, el cual se ha vuelto cada vez más dependiente. Pero la consecuencia dramática vino con la llegada de las semillas híbridas, cruce de dos variedades puras cuya primera generación es genéticamente rica, pero cuyo rendimiento decae drásticamente a partir de la segunda temporada. Su uso, por lo tanto, es limitado, y no se pueden almacenar.

Agricultor de garbanzos en la india. Fotografía de Jorge Royan / Algunos derechos reservados.

Agricultor de garbanzos en la India. Fotografía de Jorge Royan / Algunos derechos reservados.

Agricultores de todo el mundo compraron esta nueva promesa de la biotecnología cuyo alto rendimiento parecía ahorrar costes, tiempo y dinero. Pero su introducción en los cultivos mundiales no ha supuesto sino la ruptura de las técnicas de conservación y almacenado de las semillas, al tiempo que ha destruido la diversidad de especies autóctonas. Los agricultores son cada vez más dependientes de las grandes multinacionales, pues son éstas las que proporcionan nuevas semillas cada temporada al no poder los primeros guardar las suyas propias. Nos encontramos en un sistema en el que las multinacionales han conseguido privatizar y controlar la gran mayoría de las semillas mundiales, teniendo poder y capacidad de decisión sobre el modelo alimentario mundial, y manejando el mismo en base a intereses meramente económicos.

A todo ello ha de sumarse la introducción de los transgénicos y la capacidad de los laboratorios para patentar los mismos, lo que se ha traducido en la habilidad para modificar genéticamente ciertas semillas y poder considerarlas de titularidad privada. La empresa mundial líder en transgénicos, Monsanto, describe su labor en su página web como “más productiva y ecológicamente sostenible”, e informan sobre una gran variedad de proyectos de cooperación en países en vías de desarrollo. Tales proyectos tienen como objetivo, según ellos, ayudar a mejorar la productividad e ineficiencia de las técnicas de cultivo tradicionales mediante la introducción de cultivos transgénicos a gran escala.

El discurso solidario de Monsanto y el resto de multinacionales semilleras confirma su hipocresía en ejemplos como el de la India, en donde la introducción de algodón BT transgénico, cuatro veces más caro que el tradicional, ha arruinado aldeas enteras de campesinos. La alteración genética del algodón BT lo protege contra su propio herbicida, pero las plagas han acabado por hacerse cada vez más resistentes al mismo. En numerosas ocasiones las cosechas quedan destruidas y los campesinos dependen de la compra de productos químicos de la compañía, aumentando la demanda de nuevas semillas, abonos y pesticidas. Lo que para Monsanto significa un aumento brutal en la venta de sus productos, en la India se traduce como la ruina de miles de familias rurales. Las semillas autóctonas van desapareciendo y las pocas que quedan ya no pueden cultivarse en esas tierras porque el terreno es ya químico-dependiente. La tragedia es tal que hasta el número de suicidios en la zona se ha disparado: en los primeros años de cosechas fallidas de algodón BT, entre 2005 y mediados de 2006, se registraron unos 880 suicidios. Esta cifra asciende ya a 250.000 suicidios en toda la India, según afirma la Fundación Gaia.

Vandana Shiva, ecologista, activista anti-globalización y miembro del International Forum on Globalization, desarrolló en 2012 la campaña mundial “Semillas de la Libertad” para concienciar sobre el problema e impulsar una lucha para parar las patentes de las semillas. Bajo el lema “no hay soberanía alimentaria sin soberanía de las semillas” se planificaron acciones comunes para luchar contra la compañía Monsanto y se trató de difundir un mensaje positivo hacia la agricultura independiente.

La campaña demostró que los cultivos tradicionales, aquellos cuya imagen pretenden distorsionar las multinacionales bajo un discurso que defiende su ineficacia y atraso tecnológico, son precisamente los más respetuosos con el medio ambiente, pues emplean menos tierra, agua y recursos, protegen los suelos y son más resistentes al cambio climático. Pero quizás lo más importante de la necesidad de conservación de esas técnicas de cultivo a pequeña escala reside en que permiten proporcionar independencia de químicos y diversidad de cultivos, mediante los cuales se garantiza la verdadera seguridad alimentaria. La descentralización del sistema alimentario sólo se conseguirá si los consumidores apoyamos dichas técnicas y optamos por un consumo responsable de alimentos, comprando a pequeños productores locales e independientes.

Minerales de sangre

Patrcia Ruiz

Lo llamán el “oro azul” por su color metalizado y su gran valor en el mercado negro internacional. La columbita-tantanita, más conocida como coltan, es un recurso mineral esencial para la construcción de aparatos móviles y nuevas armas tecnológicas como los misiles inteligentes. El 80% de las reservas mundiales se encuentran en la República Democrática del Congo, en donde su explotación y tráfico ilegal han provocado una guerra que, desde 1997, se ha cobrado la vida de más de cinco millones de personas.

Fotografía de Rob Lavinsky. Algunos derechos reservados.

La propia Organización de Naciones Unidas realizó un informe en el que corroboró la relación directa entre la exportación masiva del mineral y la financiación de las guerrillas. Los ejércitos de Uganda y Ruanda ocupan el territorio de la RDC y extorsionan y amenazan a los mineros para hacerse con el control del coltan. Así, mientras ambos países se enriquecen a costa del Congo, sus habitantes viven bajo condiciones infrahumanas y el país continúa siendo uno de los más pobres a nivel mundial.

La eterna ironía se mantiene: pese a ser uno de los países más ricos en términos de materia prima, es uno de los más pobres en términos económicos. A los mineros, entre los que se encuentran también niños, apenas se les paga a $10 el kilo de coltan, mientras que éste acaba siendo exportado un por un valor de más de $90. La diferencia va destinada a subvencionar la guerrilla.

Las consecuencias de esta situación se extienden también al entorno natural de la zona. La extracción indiscriminada del mineral ha provocado daños irreparables en el ecosistema, y la extinción de numerosas especies animales es inminente. La cada vez más exigente dinámica de mercado de la telefonía móvil y el aumento de la demanda de coltan que ésta genera ha obligado a mineros y esclavos a adentrarse en reservas naturales que se encuentran protegidas por la UNESCO, tales como el parque nacional de Okapi o el de Kahuzi-Biega. Como resultado la población de elefantes y gorilas de la zona se ha visto alarmantemente amenazada, no sólo por la drástica alteración de su hábitat natural sino también porque los propios soldados matan a los animales para comerciar con el marfil y su carne.

Las soluciones planteadas desde occidente poco han servido para paliar el conflicto. En abril de 2012 ciertas compañías pioneras de la industria electrónica, entre las que se encontraban Apple, Philips y Sony, formaron la EICC, una coalición con el apoyo de la ONU para anunciar que no aceptarían la compra de ningún mineral que no pudiera demostrar su total desvinculación con el Congo.

Pero lejos de mejorar, la situación continúa estancada. El estilo de vida occidental, en el que lo nuevo se vuelve obsoleto en cuestión de meses, reclama la renovación constante de los aparatos tecnológicos que dominan nuestro día a día. Esto no hace más que aumentar la demanda de minerales como el coltan, la cual resulta imposible de abastecer con recursos que no procedan de zonas de conflicto, al ser en éstas donde se encuentran más de las tres cuartas partes de los principales yacimientos mundiales. La obsolencia programada y percibida en este tipo de aparatos dispara el consumismo de la sociedad, repercutiendo negativamente no sólo en el medio ambiente, sino también en el agrandamiento de la brecha entre países ricos y pobres.

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